Cada año, en pleno invierno, Argentina recuerda a las mujeres que mantienen vivo uno de los oficios más antiguos y más necesarios del sur: el tejido. En El Calafate y la región, tejer no es solo una actividad artesanal, es una forma de resistencia cultural, de transmisión intergeneracional y de construcción de comunidad.
Una fecha nacida en el invierno
Pocas fechas tienen tanta coherencia con el momento en que se celebran. El Día Nacional de las Tejedoras llega en pleno julio, en plena ola polar, con el termómetro bajo cero y el viento patagónico reclamando más capas de ropa para recordar que detrás de cada prenda de lana que abriga hay manos que trabajaron durante horas, semanas o meses para crearla.
En la Patagonia, el tejido no es un hobby de fin de semana. Es una tradición que se remonta a los pueblos originarios que habitaron estas tierras antes de que hubiera ciudad, ruta o nombre para este rincón del mundo. Las mujeres tehuelches tejían con lana de guanaco. Las inmigrantes que llegaron después trajeron sus propias técnicas de España, de la Patagonia chilena, del sur de Italia. Cada generación sumó algo. El resultado es una tradición híbrida, patagónica y única.
Tejer en El Calafate: más que un oficio
En El Calafate y la región, el tejido cumple funciones que van mucho más allá de la prenda terminada. Es terapia. Es encuentro. Es el pretexto para que mujeres de distintos barrios, distintas edades y distintas historias se sienten alrededor de una mesa y compartan algo más que puntos y lanas.
Los talleres de tejido que funcionan en la ciudad algunos organizados por la Municipalidad, otros sostenidos por las propias vecinas son espacios donde se tejen también conversaciones, se sostienen procesos difíciles y se construyen redes de contención que ningún programa social puede reemplazar del todo.
La lana de oveja, tan presente en la economía rural santacruceña, es la materia prima más auténtica del sur. Cada bufanda, cada chaleco, cada par de medias tejidas con lana patagónica lleva dentro la historia de un campo, de un animal criado en la estepa, de manos que conocen el frío de primera mano.
La transmisión que no puede perderse
Lo más valioso del tejido como tradición no es la prenda es el conocimiento que se transfiere. Una abuela que le enseña a su nieta cómo tomar las agujas no solo le está enseñando un oficio: le está pasando una forma de ver el mundo, una manera de resolver problemas con las manos, una conexión con un linaje de mujeres que hicieron exactamente lo mismo durante generaciones.
En un mundo que digitaliza todo y convierte casi cualquier habilidad manual en obsoleta, el tejido resiste. Y en la Patagonia, donde el frío es real y la lana es propia, esa resistencia tiene un sentido especial.
Hoy, en el Día Nacional de las Tejedoras, Latitud 50 saluda a todas las mujeres de El Calafate, El Chaltén y Tres Lagos que mantienen vivo este oficio. A las que enseñan, a las que aprenden, a las que tejen solas en su casa y a las que lo hacen en grupo. Gracias por abrigarnos el cuerpo y el alma.




